Sí, cálida muerte.

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Cálida mi parsimonia, enfrentada al reto diario,
fortalecida por los mentideros impresos,
por las plácidas diatribas, pulcras, sin mancharse.
Cálida y sobria mi falta de esperanza,
retenidas las acciones fuera de guía.
Viajados los dineros.

Cálida mi sinrazón, que por razones ambiguas aparto.
Envejecidas la ideas copiadas e inservibles.
Eludidas las veredas que salen de su autopista.

Cálida ignorancia, abrigada de incultura
Defendida por el fuel
Y en el campo muere la vida

Sí, cálida muerte, mucho antes del entierro.
Cálida mi Zombieland.

Carlos Suárez.

La lucha de lo cotidiano

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Y muero, en cierto sentido
Y siento, por vastos impulsos
Cierto es, descubrir el camino
Que paseo, por lo más absurdo

Que sonido tan extraño
El de mi propia voz
Cuando miento para no hacer daño
Si al final el herido soy yo

Y muero, en cierto sentido
Y siento, que pierdo el valor
Cierto es, andar sin motivo
Que paseo, buscando mi honor

La lucha de lo cotidiano
Con la armadura del lamento fácil
Sentado esperando, esperando
No quebrar ese cristal tan frágil

Y muero
Y siento
Y camino
Y me miento

Carlos Suárez

Mordeduras de amor

mordeduras de amor

Cincuenta trozos he cedido de mi cuerpo,
arrancados con dolor.
Concesiones invisibles como el viento,
mordeduras de amor.

Todas las que me harán falta,
si un día vuelvo a querer.
Las que me obligarán a amar con mordaza,
pretendiendo ninguna más perder.

Cincuenta trozos de vida.
Cincuenta cicatrices.
Cincuenta duras heridas.
Ahora preferiría morirme

Frío humano

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Siento frío amigo.
No del común.
No del que se siente en la piel,
del que pudiera defender con mi ropa.
De ese que solo trae la distancia,
tan dañina y regeneradora a la vez.
Del que padece quien se queda,
anclado al puente, al pueblo, al río.

Ya ni las fotos ofrecen el calor necesario.
Y las escasas palabras escritas son copos de ausencia que se suman

Siento frío amigo.
No del invierno .
No del que se siente caer.
Frío humano.
Del que trae estar tan lejos.
Frío, del de volverte a ver.

El resultado nunca describe, si quien queda no queda vivo.

Maletas

Dicen que las olas limpian la playa, que regeneran la costa con su ir y venir. Que la naturaleza reclama lo suyo, reconquistando lo robado.

Marta no quería nada de eso, sólo un futuro limpio y embriagador. Dejar atrás sin secuelas, la penuria de su sin vivir. Pero la carga de toda una vida, acumula demasiados heridos. Las batallas, las guerras, nunca dejan los campos igual tras su paso.

La maleta hecha, sus lágrimas empapándola. Mirando un reloj aborrecido, por marcar las tantas horas monótonas y estériles. Miles de recuerdos le asaltan con solo levantar la vista y depositarla en muebles, vajillas o lámparas.

Aferrada con fuerza a ella, tiembla todo su cuerpo. No quiere hacer daño, tampoco agasajar. Tan solo se quiere alejar y desvestirse de su letargo.

Se muerde los labios cuando vuelve a oír el timbre. Otro día ha pasado, enojoso y simple. Ya escucha sus pasos regresando del colegio. Otro día se ha hecho tarde, la decisión no ordeno el asedio.

Suelta la maleta, recompone sus cabellos, abre la puerta, y se los come a besos.

La insignificancia de la grandeza.
La parodia frente al reto.
Los muertos piden memoria.
El asalto: balas no, besos.

Dirimidas las simplezas,
se aturden exteriotipos.
El resultado nunca describe,
si quien queda no queda vivo

La tristeza de mis manos

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La tristeza de mis manos hizo cambiar su postura

Y ella lo notó

La frialdad, el tacto.

No se pueden esconder los sentimientos, la locura

No se puede pedir al mar que cesen sus mareas

Y ella lo reconoció

La lejanía, las esquivas.

Tantos ratos adheridos a la anquilosada tarea

Y es el contacto quien da o quita frescura

Y ella lloró

A la desidia, a la apatía.

Pero ya se sabe, para el desamor no hay cura.

Te atrapé

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Estabas dormida cuando llegué

Y a tu lado me senté a contemplarte

Irradiaba tu rostro de mujer

Capaz de arrancar alegría al dolor

Estabas tranquila cuando me senté

Y una minúscula sonrisa te delató

La lectura de anoche presagié

Custodiando, dirigiendo tus sueños

Hurtado, escondido, te observé

Junto al calor de tu cuerpo

Y entonces te atrapé

Serenidad, llamé a esa foto

AUTOR: Carlos Sergio Suárez Hernández

¡Ay! de mi alma

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Ayer volví a acordarme de ti
Traicionándome la mente, tú recuerdo reclamó
Como Insistente criatura nerviosa
Que no recibe su ansiado dulce
Donde dejó un amargo regustillo
Al amparo de mi soberbia dejadez
Ínfima en mi vigente mundo
Navegada a contracorriente y
perdedora, de sonrisa forzada
A empujones se abrió camino
Agridulce tarde me diste
Que finalmente deje pasar
A sabiendas que al final queda dañada
Mi alma nunca se llegó a despedir de tí
AUTOR: Carlos Sergio Suárez Hernández

Buscando el calor de un hogar

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He pisado demasiados caminos,

buscando el calor de un hogar.

Para llegar a somnolientos destinos,

donde nunca estabas tú.

He pensado en volver al origen,

y ver si descuidé algún sendero.

Pequeñas heridas, ocultas cicatrices,

donde pudiera haber perdido tu luz.

Me he desdicho cientos de veces,

que ya necesito mis zapatos cambiar.

Por pedregales y cuestas que crecen,

que nunca azotaron mis vientos de sur.

Recuerdo vagar por muchos de ellos,

perdido en una perturbadora bruma.

Dejando mis lágrimas un triste reguero,

donde se hicieron sombra de mi impávida cruz.

Huraño y esquivo, ahora soy viejo,

y mis suelas dijeron hasta aquí.

Derroché mi vida detrás de tus manejos,

que mi hogar es tan frío, como tu humilde ataúd.

AUTOR: Carlos Sergio Suárez Hernández